COP30, ¿la cumbre de la verdad?

El 21 de noviembre, en Belém —donde el río Amazonas desemboca en el mar— terminó la 30ª Conferencia de las Partes. Desde 1992, estas “partes” se encuentran todos los años para revisar cómo avanzan los acuerdos que buscan frenar la crisis climática. Gobiernos, organizaciones, empresas, juventudes, pueblos originarios y movimientos sociales se reúnen para discutir un futuro que ya no puede esperar.

Por primera vez, la COP tuvo lugar en una ciudad amazónica. Belém no fue solo anfitriona; fue un recordatorio vivo de lo que está en juego. ¿Qué pasó en la COP30? ¿Qué señales dejó, entre debates técnicos, tensiones políticas y voces que viajaron miles de kilómetros río arriba para hacerse oír?

¿Belém o Maira?

Belém, —Belén en portugués— es el nombre de la ciudad donde nació Jesús. Pero mucho antes de la colonización, este territorio respondía a otro nombre y a otro modo de estar en el mundo: “la tierra de Maíra”. Un lugar sagrado habitado por los pueblos Tupinambá y Tupinikin que convivían con su creador.

Maíra estaba en el agua, en las plantas, en los animales, en los caminos del viento. Era quien había enseñado a su descendencia humana a cultivar, a cazar y a pescar, a encender el fuego y a vivir en equilibrio con el bosque. Cada saber nacía de esa conversación con el entorno.

Quizá por eso, cuando el mundo llegó a Belém para hablar del clima, muchas personas sintieron que la cumbre ocurrió en la ciudad equivocada: que para entender de verdad lo que está en juego habría que haber vuelto a Mairí, donde toda conversación empieza escuchando.

¿Balance o Nhe’ẽ porã mboapurã   (“conclusión que pone en orden”)?

Los medios occidentales hacen su balance de la COP30 en Belén. En general coinciden en que hubo un avance importante en financiamiento para la adaptación (se triplicó el presupuesto y acordaron indicadores de seguimiento) y también en que faltó la decisión que la ciencia viene pidiendo: dejar atrás los combustibles fósiles. ¡No hubo ni una mención en el texto final! COP30: 5 resultados destacados que dejó la conferencia sobre cambio climático en Brasil – Chequeado

En un mundo fragmentado, con Europa debilitada, EEUU negando a los gritos desde afuera del acuerdo de París, China muy dueña de sus silencios y sus negocios, era lógico que la política internacional eligiera la defensa de los consensos mínimos. Como era esperable, la COP30 no fue ambiciosa y se limitó a combinar símbolos potentes y decisiones débiles.

Algunas fotos: un centro de conferencias a metros del Amazonas, protestas e irrupciones indígenas, un incendio en el recinto, delegaciones de todo el mundo unidas en un aplauso con dejos de agotamiento y desconfianza. Y muchas fotos de pueblos originarios. ¿El poder habrá escuchado algo de quienes cuidan estos territorios desde hace generaciones? ¿Cuáles son sus conclusiones?

¿Vistas o escuchadas?  

 “Los territorios indígenas siguen siendo sacrificados” — Lucía Ixchíu (Guatemala) La periodista y defensora del territorio cuestionó el corazón del acuerdo de Belém, que prioriza financiamiento para adaptación pero evita confrontar el extractivismo. “Queremos algo más que financiamiento. Queremos que los territorios indígenas dejen de ser sacrificados. En esta COP se habla de adaptación, pero no de quienes pagamos el precio con nuestras vidas.” Su testimonio señala un riesgo: que la adaptación se convierta en una narrativa que normaliza el daño en lugar de transformarlo.

Lucía sabe lo que es la violencia en los territorios porque debió abandonar Guatemala después de sufrir un intento de asesinato en el bosque de su pueblo documentando la tala ilegal. Este año le toco coordinar parte de la Flotilla Amazónica Yaku Mama, que partió desde el río Napo y navegó un mes entero reuniendo a lideresas y líderes de más de 60 pueblos. La flotilla recorrió 3.000 kilómetros por agua, uniendo comunidades de Ecuador, Perú, Colombia y Brasil para llegar a la COP30 y hacer oír un pedido simple y profundo: frenar la expansión de los combustibles fósiles en la Amazonía y abrir espacio al liderazgo indígena en las decisiones climáticas.

“Yaku Mama” proviene del quechua: yaku significa “agua” y mama significa “madre”. En las tradiciones amazónicas y andinas, la Yacumama (o “madre de las aguas”) es una serpiente de agua gigantesca, una entidad mítica guardiana de los ríos, lagos y la vida acuática.

“Los países deberían haber presionado más para acordar cómo eliminar combustibles como el petróleo, el gas y el carbón, y dejar de ver a la naturaleza como mercancía, y verla como sagrada.”
— Mindahi Bastida, Otomí-Tolteca, A Wisdom Keepers Delegation.

“Los mercados de carbono no detienen la contaminación, solo la mueven de lugar. Les dan a las corporaciones una licencia para seguir perforando, quemando y destruyendo mientras señalan un ‘offset’ escrito en papel. Es la misma lógica colonial disfrazada de política climática.”
Jacob Johns, Akimel O’Otham y Hopi, Wisdom Keeper.

“Esta fue una COP en la que fuimos visibles, pero no empoderados.”
Thalia Yarina Cachimuel, Kichwa-Otavalo.

“Lo que hemos visto en esta COP es un foco en la presencia simbólica en lugar de permitir la participación plena y efectiva de los pueblos indígenas.”
Sara Olsvig, Inuit Circumpolar Council.

¿Retroceso o avance?

Diez años después del Acuerdo de París, las “hojas de ruta” no se consolidaron y, en lugar de discutir transiciones concretas, volvió la pregunta más básica: ¿sirven las COP? La duda recorrió el plenario, los pasillos y hasta los titulares. También apareció otra inquietud: ¿tiene sentido mover a decenas de miles de personas para debatir en carpas refrigeradas?

En ese clima, se habló de la idea de llevar parte de la agenda climática a la Organización Mundial del Comercio. Todo empezó cuando la Unión Europea planteó un impuesto fronterizo a productos de altas emisiones. Lo que parecía un ajuste técnico terminó abriendo un debate más amplio sobre el cruce entre clima y comercio, que ahora seguirá en el próximo encuentro de la OMC.

¿Es buena o mala la posible redistribución de la agenda? Difícil saberlo. Por un lado, marca un retroceso del multilateralismo hacia la reescritura de las reglas de la competencia. Por otro, mete la conversación ambiental en el corazón mismo de la economía, donde se decide cómo producimos y movemos las cosas., dejando en evidencia que hacer negocios “externalizando costos” es una ilusión, porque todas vivimos dentro de la misma casa común.

¿Será que las COP deben entrar en la misma metamorfosis que las “oficinas de RSE”?: dejar de ser rincones aislados o reuniones mensuales para volverse parte del sentido profundo de cada parte de la organización.

Hoy, distintos centros espirituales del mundo parecen unirse en un mismo llamado. La sabiduría de Mairí y la encíclica Laudato Si’ coinciden en una invitación urgente: recuperar nuestra conexión con la naturaleza. Para hacerlo, necesitamos soltar ciertos «mitos» de la modernidad sostenidos en la razón instrumental —el individualismo, la idea de un progreso sin límites, la competencia permanente, el consumismo, el mercado sin reglas— que nos alejaron de la trama viva de la que formamos parte.

Aún estamos a tiempo de desarmar esa cultura topadora y recomponer los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno, el comunitario, el natural y el espiritual, que nos recuerda que la vida siempre es relación.

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