“No hay nada más peligroso que un poder que actúa sin convicción y una convicción sin poder.”
—Max Weber
Las topadoras avanzan sobre los bosques, las selvas, el Gran Chaco y la Amazonía. Avanzan en una ceguera compartida. Avanzan sobre los habitantes de la selva y sus historias. Avanzan sobre los jaguares y las constelaciones secretas de su pelaje. Avanzan, viendo sin ver, sobre perezosos que habitan el tiempo vegetal, sobre delfines rosados que emergen como sueños de ríos marrones, sobre guacamayos amarillos y azules que gritan encima.
Aplastan las magias antiguas que enlazan las especies, desgarran trenzas de vida, pisotean el derecho de las generaciones futuras. Avanzan — ¿aún no lo sentimos?— sobre nuestros cuerpos.
Enganchadas unas a otras por largas cadenas de acero, las topadoras no ven profanación ni herida. No escuchan más que el ruido uniforme de su motor. Tienen ojos solo para el lucro. Extienden monocultivos, ganadería, minería… Avanzan negando y provocando la crisis climática. Son el emblema de un paradigma que se agota: un modelo que cruje bajo el peso de su propio exceso.
En menos de cuarenta años, la Amazonía perdió más de 88 millones de hectáreas —una extensión equivalente a Venezuela o Pakistán, más de dos veces Alemania, cinco veces Uruguay, casi un tercio de la Argentina—. Ochenta y ocho millones de hectáreas y en cada una un universo lleno de vida y belleza. Esa es apenas la superficie de la herida, pero los síntomas trascienden el espacio y el tiempo. 88 millones de hectáreas de biodiversidad y ríos voladores aplastados, que elevan la temperatura global y agudizan sequías e inundaciones en todos lados.
¿Es posible frenar la maquinaria —y la cultura— del arrase?
¿La treintava es la vencida?
En noviembre de 2025 se celebrará en Belém, Brasil, la COP30. La sigla alude a la 30ª Conferencia de las Partes. Las “partes” son los 196 países que firmaron la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en 1992 o se sumaron después. Desde entonces se encuentran los representantes de estos países para evaluar los avances hacia los acuerdos para enfrentar la crisis climática, junto con organizaciones, empresas, pueblos originarios, juventudes y movimientos sociales.
Este año por primera vez la cumbre se realizará en el corazón verde del mundo: la Amazonía, ese territorio donde las topadoras avanzan sobre la vida. Las heridas que dejan son visibles desde el espacio. ¿Podrán verse también desde los salones?
Las COP ya se han reunido veintinueve veces. Algunos acuerdos —Kioto, París— encendieron destellos de esperanza, pero los problemas no solo persisten: se agravan. Las normas existen, pero sin presupuesto, sin control y sin compromiso real se vuelven gestos vacíos, palabras que tranquilizan más de lo que transforman.
La letra pesa menos que la voluntad de cumplirla.
Hasta ahora, el poder de las grandes corporaciones energéticas y alimentarias dentro de estos espacios ha sido abrumador —incluso con representantes dentro de las delegaciones oficiales—. Avanzan junto a las topadoras, los lobistas, la desinformación y el greenwashing.
Según la alianza Kick Big Polluters Out, la COP28 (Dubái, 2023) —presidida por un sultán y CEO de una petrolera estatal— batió el récord de presencia de lobistas: 2.456 de combustibles fósiles y 308 de la agroindustria.
En comparación, la COP27 (Egipto, 2022) recibió 636, y la COP29 (Bakú, 2024) tuvo 1.700 de la industria fósil y 204 de la agroindustria.
No sabemos cuántos lobistas llegarán a Belém. Sí sabemos que lo harán en un mundo polarizado, con guerras comerciales, conflictos armados y con Estados Unidos fuera del Acuerdo de París. Quizás algunos ni siquiera necesiten estar presentes para influir.
¿Podrá la COP30 servir para recuperar el sentido de lo común: que la política climática vuelva a ser cooperación genuina y no disputa de intereses? ¿Reafirmarán los países sus compromisos para mantener el aumento de la temperatura bajo 1,5 °C y transformar la cultura extractivista? ¿Contagiará la juventud latinoamericana su energía vital? ¿Tendrán voz la selva, los pueblos originarios y campesinos?¿Podremos redistribuir el poder de las decisiones y fortalecer a quienes trabajan por el bien común? ¿Podrán el poder sin convicción y las convicciones sin poder encontrarse, aunque sea en un pasillo?
Voces tapadas y topadas
Mientras el planeta atraviesa una crisis ambiental, política y cultural, surgen nuevas voces —de comunidades, juventudes, pueblos indígenas y empresas con propósito— que reclaman participar en las decisiones sobre nuestro futuro común. Quizás sumar perspectivas, ensanchar la mirada sea una de las claves para que la cooperación recupere su sentido profundo.
El Movimiento B reúne a personas y empresas que usan la economía como fuerza para el bien común, midiendo su impacto social y ambiental además del económico. Hoy son más de 10.000 compañías en 103 países, y 248 en Argentina, con más de 28.000 empleos.
Desde Zafrán, Recetas Honestas, participamos en septiembre del Encuentro +B Amazônia 2025, antesala de la COP30. El encuentro culminó con la co-creación de una carta colectiva, que será presentada como aporte al Balance Ético Global, una iniciativa impulsada por el presidente Luiz Inácio “Lula” da Silva, la ministra de Medio Ambiente Marina Silva y el secretario general de la ONU, António Guterres, en el marco de la Presidencia de la COP30.
Entre sus principales lineamientos, propone: que la COP30 responda a la urgencia científica y moral de proteger la Amazonía y el planeta, promoviendo una transición justa hacia economías inclusivas que alineen los beneficios financieros con la responsabilidad social y ambiental. También impulsa la acción colectiva entre empresas, sociedad civil y gobiernos, orientada a metas concretas y medibles. Y cierra destacando la valorización de los pueblos originarios y comunidades tradicionales, reconociendo su protagonismo e integrando sus saberes ancestrales a las decisiones globales.
Estas propuestas abren paso a nuevas miradas desde el territorio, donde la regeneración se entiende como un proceso compartido y vivo.

Escuchar a la selva a través de sus habitantes
Los 400 pueblos amazónicos distribuidos en 9 países—Brasil, Bolivia, Perú, Colombia, Ecuador, Venezuela, Guyana, Surinam y Guayana Francesa—también alzaron la voz “con la intención de dialogar, exigir y aportar desde nuestra sabiduría ancestral, nuestra experiencia vivida y nuestra relación con la Tierra madre”. En una carta formal dirigida a las autoridades reafirman sus principales demandas frente a la crisis climática. Entre ellas: proteger sus territorios, garantizar financiamiento y autonomía, asegurar la participación con enfoque de género, cuidar a quienes defienden la tierra, reconocer los saberes ancestrales y establecer zonas libres de explotación.
Pero en esta COP se espera que su participación vaya mucho más allá de las cartas. Los espacios oficiales esperan una delegación de 360 líderes brasileños y cerca de mil representantes indígenas de todo el mundo (500 de Brasil y 500 del resto del mundo) acreditados en la Zona Azul, destinada a las negociaciones y actividades formales. Por otro lado, estará la Aldea de la COP, un espacio para actividades culturales, políticas y espirituales que busca fortalecer la identidad indígena y fomentar el diálogo intercultural, con capacidad para más de 3000 participantes. Finalmente, se espera una contracumbre indígena, un espacio de denuncia de lo que falta en los espacios oficiales, una “Cumbre de los Pueblos” que preveé reunir a más de 10 mil personas de comunidades autóctonas de América.
“Ella está llorando. Está gritando. Está clamando. Dice: yo soy cuando las mareas suben, cuando los ríos crecen, cuando hay sequías. Esa es mi lengua. Esa es mi alarma para ustedes. Ella no pide que la salven. Lo que pide es respeto. Nosotras, las y los indígenas, hemos escuchado a la Tierra desde siempre. Ahora ella está pidiendo que el mundo entero la escuche también”, Nemonte Nenquimo, del pueblo Waorani de la Amazonía ecuatoriana.
“La COP30 será histórica no solo por celebrarse en la Amazonía, sino porque puede inaugurar una nueva forma de gobernanza climática: plural, comunitaria, justa y guiada por quienes siempre han sabido cuidar la Tierra. Para frenar el calentamiento global y cumplir los objetivos del Acuerdo de París, necesitamos ambición, acciones concretas y también un «reencantamiento», lo que las mujeres indígenas de Brasil llamamos reforestar las mentes: la capacidad de ver la vida en su plenitud y armonía, más allá de las métricas y los informes. Belém será el lugar donde la ciencia y el conocimiento ancestral podrán caminar de la mano. Que la COP30 sea recordada como el momento en que la humanidad reconoció que los pueblos indígenas no solo son parte de la solución: son protagonistas del futuro que debemos construir colectivamente”, Sonia Guajajara, Círculo de los Pueblos, COP30, Ministerio de los Pueblos Indígenas, Brasil.
Tal vez la verdadera transición no sea solo energética, sino cultural, pasar de la topadora al cuidado, del cálculo individualista a la reciprocidad.
Tal vez uno de los puntos clave sea dejarnos afectar por la sabiduría indígena. Empezar a escuchar algo más que los motores, hasta que las topadoras nos duelan tanto como a quienes las enfrentan.
Tal vez algo nuevo pueda surgir, si el poder se topa con la sabiduría. O la sabiduría con el poder.



